Hepatopatía alcohólica: la silente evidencia del daño por alcohol

10/10/2019 | Noticias de prensa

El alcoholismo, que es un problema real de salud pública, hace que en los países desarrollados exista una relación directa con las muertes de los pacientes y se asocia a los 35% de los suicidios, así como otras situaciones casos de violencia doméstica o accidentes de tráfico.

La hepatopatía alcohólica o etílica, que es como se denomina en la comunidad médica, son las enfermedades hepáticas producidas por el consumo excesivo de alcohol en donde influyen tanto la calidad de alcohol consumida como el tiempo de consumo y la metabolización de este dato que es del 90%. La acumulación de tóxicos sumado al aumento de la oxidación de las células hepáticas.

En España se relaciona directamente con unas 8.000 muertes al año, asociándose al 35% de los suicidios, al 75% de los casos de violencia doméstica y al 50% de los accidentes de tráfico.

La Organización Mundial de la Salud  (OMS) establece que el consumo excesivo de un paciente es aquel que sobrepasa los 70 gramos de alcohol al día para los hombres y los 50 gramos al día para las mujeres. Los gramos de alcohol que uno consume dependen de la graduación de la bebida ingerida y de la cantidad que se ingiere. De forma aproximada y simplificada se puede recordar que un litro de vino son 80 gramos de alcohol, igual que 2 litros de cerveza son 80 gramos de alcohol y 200 cm3 de bebidas destiladas son 80 gramos de alcohol.

No existe relación directa entre la tolerancia aguda al alcohol y el daño hepático. Es cierto que puede existir una enfermedad hepática sin episodios de embriaguez y, por tanto, muchas personas que toleran grandes ingestas de alcohol no notan que esto les afecta en el momento de tomarlo.

La situación que el paciente va creando pasa por padecer una esteatosis hepática  a lo largo de varios años sin recuperación alguna, y finalmente puede llegar a tener una cirrosis. Es muy importante vigilar estos hígados con el objetivo de prevenir otras complicaciones potenciales como son la esteatohepatitis no alcohólica, el hepatocarcinoma o la cirrosis. Esta es una enfermedad que se suele relacionar con la obesidad abdominal, la diabetes mellitus II y el síndrome metabólico. Normalmente los pacientes que acuden con molestias tienen vida sedentaria, factores genéticos y resistencia a la insulina en su historial.

El hígado graso por sí mismo es una condición benigna, aunque puede existir la progresión de fibrosis hacia cirrosis y después fallo hepático, pero no es lo normal.

Tenemos que tener en cuenta que las personas obesas tienen una mayor predisposición, dado que existe infiltración grasa en el hígado que afecta a la evolución de algunas otras hepatopatías crónicas.

La conciencia de evitar el alcohol para que no forme parte de nuestra vida y que nuestro hígado se regenere es un paso importante, dado que existe un momento de no retorno. Tener un hígado graso en la cuarta década de la vida es un problema a la hora de no padecer otros problemas más graves como son la cirrosis crónica y, por tanto, una muerte segura.

La cirrosis es la inflamación intersticial del hígado. Ésta es una enfermedad crónica e irreversible que ocasiona cambios en la estructura del órgano y en sus funciones. Cuando existe una aparición de fibrosis y nódulos entre las células del hígado provoca que la circulación quede bloqueada. Según la American Medical Association, detrás de la cirrosis se encuentran algunas enfermedades autoinmunitarias del hígado, enfermedades del hígado graso no alcohólico, la infección por el virus de la hepatitis B, enfermedades hereditarias metabólicas y, como es bien sabido, el consumo excesivo de alcohol, que origina la inflamación del hígado.

La alimentación juega un papel fundamental a la hora de frenar el daño que la enfermedad produce en el hígado. Para cumplir este objetivo, hay que prevenir los déficits nutricionales y por ello tenemos que evitar la acumulación de residuos y tenemos que permitir que el órgano realice correctamente sus funciones. Es muy importante que eliminemos el alcohol completamente de nuestros hábitos de vida, y tenemos que evitar los alimentos grasos, los fritos, las carnes rojas, los asados, los lácteos con grasa y todo aquel alimento que contenga aceites u otras grasas no saludables.

El cambio de hábitos de vida que pasan por ingerir frutas, verduras, lácteos sin grasa, pescados al horno, pollo, pavo y frutos secos. En todo caso, es conveniente acudir a un médico endocrino para que determine si además el paciente tiene diabetes u otra enfermedad asociada o producida por el alcohol.

 

Fuente: periodistas-es.com

10/10/2019

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