Semirecluidos desde marzo por miedo a pisar la calle: “Tengo pánico a salir”

10/11/2020 | Noticias de prensa

Hay ciudadanos que por su situación sanitaria viven casi aislados por temor a contraer la COVID-19.

Una gran mayoría de ciudadanos en España padeció un duro confinamiento de 99 días durante la primera ola de la pandemia. No fue hasta la llegada de lo que se denominó la nueva normalidad, allá por el 21 de junio, que ese enclaustramiento vio su fin. Sin embargo, hubo personas que siguieron, y siguen, semirecluidas a pesar de que el encierro obligatorio terminó. Son personas que, por su situación sanitaria, forman parte del grupo de riesgo; ciudadanos que en algunos casos tienen miedo de pisar la calle.

Fernando Uceta, de 59 años, es uno de ellos. Le diagnosticaron EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica) en 2011. “Es una enfermedad muy mala porque no deja de progresar. Ahora ya estoy muy grave”, lamenta. Tiene una capacidad pulmonar del 16%, una cifra que sube hasta el 23% gracias a los inhaladores. “El oxígeno es lo que te da la vida”.

Su patología casi no le permite caminar. “Empiezo a andar y a los 30 metros tengo que parar”. Lleva consigo una botella de oxígeno líquido que cuenta con una autonomía de unas 4 ó 5 horas y que carga en un tanque que le instalaron en casa.

Es consciente de la gravedad de su situación (“sé que moriré de esto”) pero a la vez sabe que la pandemia del coronavirus lo ha empeorado todo. “La idea es ir muriendo poco a poco, pero si me pilla un resfriado o la COVID, me voy, porque no tengo capacidad pulmonar. Aunque me intuben, mis pulmones no funcionan”.

Es por todo ello que admite que tiene “pánico” de salir a la calle. “El confinamiento no me afectó mucho porque vivo medio confinado, pero la pandemia me ha hecho salir todavía menos. Al principio, me daba miedo entrar en contacto con alguien y que me contagiara, estaba un poco paranoico”.

Explica que se lava las manos constantemente, de manera obsesiva. Pero a pesar de ello, sabe que está expuesto: “El contagio te puede llegar por cualquier lugar. Mi compañero de piso va arriba y abajo, hace sus recados, se va lavando las manos, pero siempre hay riesgo”.

No tiene familia, pero sí amigos. La persona que comparte vivienda con él le ayuda y los asistentes sociales le hacen la comida tres veces a la semana. Su grado 1 de dependencia y una discapacidad reconocida del 75% le dan derecho a cobrar algo más de 400 euros de pensión no contributiva. “Con eso paso, vivo en un piso del Ayuntamiento que es muy barato. El problema es que esta enfermedad me va a matar”.

Llegado el momento, explica, y si cumple las condiciones, se le presentará la opción del trasplante. “Me voy haciendo controles cada 3 ó 5 meses, depende de cómo me ve el neumólogo. Dice que para optar a un trasplante tengo que estar todavía mucho peor”.

Reconoce que el hecho de fumar (“lo hacía con mucha ansiedad y tragando el humo”) ha tenido que ver con que a día de hoy esté sufriendo la patología. Hay incluso muchos pacientes (no así Fernando, que lo dejó) que se niegan a abandonar el tabaco pese a sufrir EPOC. “Es muy complejo”, admite Nicole Hass, portavoz de APEPOC (Asociación de Pacientes con EPOC) de la que Fernando es su coordinador en Cataluña. Hass subraya que aunque esta patología “está infradiagnosticada”, en España hay tres millones de enfermos, siendo la cuarta causa de mortalidad, y 328 en todo el mundo.

Fernando se consuela con la idea de que salga la vacuna en un tiempo no muy lejano. “Me imagino que seré de los primeros”, arguye.

Quizás también sea de los primeros Artur Marquès (67 años), a quien hace cinco le practicaron un trasplante de hígado. Este médico de familia jubilado no sólo es un paciente de riesgo por su edad y por el hecho de ser una persona inmunodeprimida (todos los trasplantados toman inmunodepresores para evitar que su cuerpo rechace el nuevo órgano), sino que también es diabético, hipertenso, sufre obesidad y ha padecido recientemente un cáncer de próstata. Su mujer, además, es enfermera en un hospital de Girona. “Cuando viene del trabajo sigue todo un protocolo, duchándose y cambiándose de ropa enseguida”.

Cuenta que antes de la llegada de la primera ola, él ya se había autoconfinado. “Vi que la cosa iba en serio”. Incluso después de los 99 días de confinamiento general, alargó su enclaustramiento “cuatro semanas más”. Ahora, con el aumento de la incidencia de la pandemia, asegura que sólo sale “para lo indispensable”.

Reconoce que en verano, momento en el que el virus dio una pequeña tregua, salió de casa. Eso sí, “con todas las precauciones”. “No entré en ninguna tienda, ni restaurante, ni bar. Muchas veces salía a pasear, pero con el coche”. Cuando lo hacía a pie, iba por caminos (vive en Celrà, un pueblo cercano a Girona) en los que se cruzaba “con una persona como máximo”.

“Al principio me sentía un poco culpable por estos paseos (confiesa), como si fuera algo que no tuviera que hacer, pero luego me convencí de que no hacía nada malo. Voy siempre con la mascarilla puesta aunque no me cruce con nadie. Siempre llevo una FPP2, le tengo mucho respeto al virus”.

Lo que ahora es respeto, al inicio era miedo. “En los primeros días de confinamiento, ni tan siquiera salía al patio de casa. Me quedaba dentro de las cuatro paredes, y eso que los vecinos más cercanos los tengo a 40 metros”.

Dice llevarlo bien psicológicamente, y es que intenta mantenerse ocupado. Forma parte de la junta directiva de la Associació de Malalts i Trasplantats Hepàtics de Catalunya. Lo peor que lleva es no poder ver a sus cuatro nietos, también la insolidaridad de las personas que no cumplen las restricciones y los discursos negacionistas. “Siento rabia, aunque sé que es un sentimiento malo”.

También sufrió mucho “cuando no se podían hacer trasplantes durante los momentos más duros de la pandemia”. “Te pones en la piel de las personas que están esperando un órgano. Es necesario que sigan las donaciones”, concluye.

 

Fuente: lavanguardia.com

10/11/2020

SÍGUENOS EN NUESTRAS RRSS

TE PODRÍA INTERESAR

Related Post