En Cataluña trabajan unas 50.000 enfermeras. Unas atienden a pie de cama, otras desde el CAP, pero todas cuidan nuestra salud. ARA entrevista dos perfiles diferentes para conmemorar el Día Internacional de la Enfermera.

“Conozco la versión más frágil del paciente y recibo mucha gratitud”

Neus Llarch, enfermera de práctica avanzada en el Hospital Clínic

La relación con los pacientes puede ser corta e intensa. A veces dura sólo unos meses, con suerte unos pocos años, pero cada nombre y apellido quedan grabados en su memoria. De una manera o de otra, dejan marca. Neus Llarch es enfermera de práctica avanzada (IPA) en la Unidad de Oncología Hepática del Hospital Clínic de Barcelona. Es la figura que trabaja codo con codo con el hepatólogo y sería lo más parecido a una enfermera especializada en el cuidado de esta enfermedad (si estas especializaciones estuvieran reconocidas tal y como reclama desde hace años la profesión). “Conozco la versión más frágil de las personas, en el momento más vulnerable de su vida. Esperan toda la atención que se les pueda dar y, de vuelta, es increíble la gratitud y el grado de confianza que recibo”, explica.

Se necesita tiempo para asimilar un diagnóstico de cáncer de hígado, una enfermedad que desgraciadamente todavía tiene una expectativa de vida baja. Si ya supone un trance visitarse cuando el tumor sólo es una sospecha, la constatación se siente como un misil para quien lo sufre y su entorno. Llarch asegura que es normal que el paciente se hunda ante el médico, a quien escucha para no perder detalle, a pesar de que seguramente no lo acaba de entender. Y cuando sale de la consulta, la primera profesional a la que encuentra es ella, la EPA. “Le damos el teléfono de la unidad para que pueda contactar con nosotros siempre que quiera, porque poder llamar a demanda en un ecosistema tan grande como un hospital tranquiliza”, dice. Le explica cómo funciona la biopsia que se le hará, cuántos días tendrá que esperar para obtener resultados, le informa de qué complicaciones puede esperar y qué tiene que detectar para avisarla. “Y cuando siente esta proximidad, cuando lo educamos para ser autónomo y lo implicamos en su salud, su ansiedad baja y ahorramos viajes a urgencias y a los centros de atención primaria (CAP)”, afirma.

Una EPA está en contacto estrecho con el paciente y tiene los conocimientos para liderar y tomar decisiones complejas de cara al seguimiento de los enfermos. En el Clínic hay un centenar de ellas de diferentes especialidades, dos de las cuales trabajan en oncología hepática y hacen más de 6.500 visitas presenciales y telefónicas. Controlan los efectos adversos de los tratamientos, gestionan y educan a enfermos y familiares para enfrentarse a la enfermedad y a las complicaciones e investigan mejores maneras de atender al paciente, adaptándose a cada uno de ellos. “El paciente gana calidad de atención. No son cinco o diez minutos más de atención, sino que se respeta el tiempo a cada uno de ellos”, dice.

Cuando el cáncer progresa o la terapia fracasa, llega el desánimo y, al mismo momento, la contención por parte de la EPA. “Tanto si hay alternativas como si se tiene que recurrir a la atención domiciliaria, continuamos allí, manteniendo el contacto. Yo digo que son visitas de mimos”, explica.

Llarch a menudo se encuentra en la calle a familiares de pacientes que no han superado la enfermedad. Lo vive con alegría, pero también con pena. “Sabes que en aquel momento los trasladas al hospital, a un momento doloroso. Pero también recibo mucho afecto y gratitud”, afirma.

“Para la depresión tendríamos que prescribir más ir al teatro”

Alba Brugués, enfermera de atención primaria

Cuidan de ti desde antes de nacer, vacunando a tu madre cuando está embarazada y te acompañan en todas las etapas de la vida, aconsejando y tirándote de las orejas cuando tus hábitos de vida no son lo bastante saludables. No adquieren tanto protagonismo hasta que la edad empieza a pasar factura o aparecen las primeras enfermedades y, cuando llegas al final de vida, se quedan y te ahorran el sufrimiento con una inyección o simplemente cogiéndote la mano. Esta es la definición de enfermera que defiende Alba Brugués, presidenta de la Asociación de Enfermería Familiar y Comunitaria. “Somos las referentes de salud de las personas, de familias enteras, y lo somos durante toda la vida y teniendo en cuenta las condiciones sociales y económicas que arrastran”, afirma. “Si un niño es diabético –sigue–, se involucra toda la familia en conocer cómo tener una vida saludable conviviendo con una enfermedad crónica”.

Brugués trabaja en el CAP Can Bou de Castelldefels y asegura que durante años la atención primaria ha dedicado tiempo y esfuerzos a enmascarar síntomas y a hacer consultas rápidas sin conocer a fondo la problemática social que arrastra la persona, las esferas que pueden afectarla. “Para ser una buena enfermera tienes que conocer la comunidad donde trabajas y los activos que tiene al alcance. Si conoces al paciente más allá de su historial clínico, puedes ofrecerle una mejor atención que, por suerte, no siempre tiene que ser medicalizada”, plantea.

Las enfermeras no pueden recetar todos los fármacos que querrían –necesitan la validación del médico, una cuestión que empieza a revertirse a pesar de que no a la velocidad que querría el colectivo–, pero tienen libertad absoluta para hacer prescripciones sociales. “A una persona que tiene ansiedad puedes recomendarle ir a talleres de relajación. A los que se sienten solos o viven un episodio de depresión, les tendríamos que poder recomendar más ir al teatro, a la obra que sabes que hacen a pocos metros del CAP. La comunidad tiene muchos recursos para empoderar al paciente y la enfermera los tiene que conocer”, asegura.

Estos instrumentos tienen que ayudar a las personas a ser más independientes –continúa– y a no depender tanto del sistema sanitario. “La enfermera acompaña, guía, está junto a sus pacientes, pero son ellos los que tienen que tomar las decisiones solos, por ellos mismos y por su familia”, añade.

Colegiadas de todo el Estado

El aspecto que más preocupa a Brugués es la falta de manos enfermeras. “Se prevén años de precariedad en la búsqueda de profesionales porque durante años no ha habido una planificación para fabricarlas en las universidades y los próximos diez años tendremos una cifra alta de jubilaciones. Es muy grave”, asegura. Los últimos datos del Col·legi Oficial d’Infermeres i Infermers de Barcelona (COIB) lo certifican: mientras que aumenta la cifra de abandono de la profesión (1.327 desde el 2020), el 35% de las nuevas colegiadas para ejercer en Catalunya vienen de fuera. Desde principios del 2022, se han colegiado 347 enfermeras y el 54% llegan desde otras zonas del Estado.

 

Fuente: es.ara.cat

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